miércoles, 23 de noviembre de 2016

Cuando Dios parece callar en el Japón del siglo XVII

Shusaku Endo
Silencio
Traducción de Jaime Fernández y José Miguel Vara
231 páginas


1492 marcó un hito en la historia occidental. Hasta antes de ese año, los europeos solamente iban a lugares tan alejados de manera temporal, esperando únicamente hacer negocios. Habían pasados varios años después de las Cruzadas, en donde se demostró que establecer nuevos reinos con gobernantes europeos era, en el mejor de los casos, complicado debido a la carencia de efectivos para mantenerlos y a la reticencia árabe de ceder Tierra Santa (recordemos que Jerusalén también es un lugar sagrado para el Islam). 

De repente, Europa se encontró con nuevas tierras que explorar, con nuevos recursos de los cuales podría echar mano para enriquecerse, con nuevas intenciones que justificaran viajes a tierras tan lejanas: la riqueza, el dominio sobre ellas (y las tierras y habitantes que podían abastecerlas de ellas)... Pero también había un sueño que todavía permeaba en los reinos europeos, principalmente España y Portugal: la expansión del cristianismo, la evangelización de esas tierras. Y entre esas tierras de "conquista espiritual" (recordando el título del libro de Robert Ricard sobre la evangelización en lo que terminaría siendo México) se encontraba Japón. San Francisco Javier murió intentando llegar a esas tierras exóticas y refinadas; la Compañía de Jesús tomó como suya la empresa evangelizadora ... pero el catolicismo jamás conquistó ese imperio. Tan adversa fue la situación que para el siglo XVII las persecuciones, la muerte de misioneros y convertidos, y la ruptura de relaciones con los países católicos por parte del Japón hacía a más de uno preguntarse qué había salido mal. ¿Era posible que algún día los japoneses veneraran al Dios Uno y Trino? ¿Había posibilidad de que esa evangelización fuera completa, o (un riesgo que siempre ocurre en las tierras de misión) el mensaje cristiano terminaría corrompiéndose al mezclarse con las religiones propias del imperio japonés?

En ese contexto se ubica la historia contada por Shusaku Endo en su novela Silencio. Publicada por primera vez en 1966, ahora vuelve a llamar la atención por la adaptación cinematográfica que, para finales de 2016, realizará el director Martin Scorsese y contará con las actuaciones de Liam Neeson (La lista de Schindler, Búsqueda implacable), Andrew Garfield (La red social, El sorprendente Hombre Araña) y Adam Driver (Star Wars: el despertar de la Fuerza). Antes de que salga, he querido leer la novela y comentar aquí mis impresiones para que, al contemplar la película, pueda hacer la comparación y ver qué tanto pudo rescatarse de la impactante historia de Endo.

El argumento puede resumirse en lo siguiente: a mediados del siglo XVII, dos jesuitas portugueses (los padres Sebastián Rodrigues y Francisco Garpe) llegan a Macao (China), con la esperanza de poder introducirse en Japón, convertir al cristianismo a su población y --en la medida de lo posible-- encontrar a uno de sus mentores, el padre Cristóbal Ferreira, del cual han llegado noticias dudosas sobre su posible apostasía. Al llegar a Japón, comprueban que los informes remitidos a la Compañía de Jesús por Ferreira son ciertos: hay una comunidad católica que se ha visto perseguida hasta el casi exterminio por los gobernantes japoneses; la misión en Japón, por tanto, es peligrosa para los jesuitas, y estando ahí verán en más de una ocasión cómo su fe es puesta a prueba.

No pienso revelar más del argumento para evitar revelar toda la historia, pero sí puedo abordar en este espacio las líneas fundamentales que Endo utilizó para confeccionar su novela histórica:

  • El complejo escenario de la evangelización de Japón. Como recuerdo de mis clases en la Facultad y de la lectura de las obras de Jared Diamond), el Japón del siglo XVII no era un Estado-nación como los que conocemos actualmente. Si bien existía un emperador, el territorio estaba fragmentado políticamente gracias al poderío de los señores locales; el emperador solamente se encargaba de las funciones espirituales y religiosos, mientras que el poder político y militar era encargado al shogún (en esta época, y hasta el siglo XIX, el puesto fue detentado por miembros del clan Tokugawa). El catolicismo, por ende, hizo sus primeros avances gracias al convencimiento de los jefes locales a cuyos territorios llegaron los misioneros. Sin embargo, nacionalmente el catolicismo fue prohibido después de la década de 1630, debido a una rebelión de (principalmente) campesinos que confesaban el catolicismo, aunque las persecuciones habían comenzado antes en el ámbito local, en 1587.
  • Es cierto que una de las razones de la prohibición del catolicismo en Japón tuvo que ver con la revuelta de los campesinos, pero esto también da luz en cuanto a que hubo razones de política interna y exterior. Enfrentar una revuelta de campesinos que, en un momento de la misma, fueron apoyados por armas provenientes de comerciantes europeos hicieron pensar al gobierno japonés que los países católicos europeos (particularmente Portugal) podrían aprovechar cualquier debilidad para anexarlos a su imperio en Asia. Los comerciantes de los países protestantes, asimismo, aprovecharon la oportunidad para poder conseguir mayores beneficios en sus tratos con los líderes japoneses.
  • Sin embargo, la riqueza de la novela de Endo no está en el plasmar este panorama histórico. Es a través del protagonista (el padre Rodrigues) que Endo aborda un problema que no ha perdido su vigencia y que solamente la reflexión teológica del siglo XX comienza a dar luz: el asunto del silencio de Dios, al cual se refiere el título de la novela. Rodrigues, un joven jesuita, comparte la religiosidad de su época en cuanto a asumir que la misión que Jesús les encomendó a sus seguidores ("Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes", Mt 28, 19-20) será sencilla porque es Dios el que está presente en ella y es Él el que pondrá todo para que sea una realidad. Cuando atestigua las ejecuciones de los católicos japoneses, campesinos miserables que viven su fe entre el miedo a ser capturados y la esperanza de poder gozar del Paraíso, y que estos martirios (a plena luz del día, brutales) en realidad contrastan con los preservados por el imaginario católico medieval (en donde se mezcla la realidad --las ejecuciones-- con lo fantasioso --la intervención divina dada por hecho, "porque Dios no puede permitir que sus hijos sean entregados a la maldad"), la fe de Rodrigues comienza a tambalearse y se cuestiona en dónde está Dios, por qué no hace algo para evitar semejantes martirios, por qué no habla en los momentos de sufrimiento o dolor. Yo no pude dejar de establecer paralelismos, mientras leía, entre esta persecución lejana en el tiempo y el Holocausto.
Silencio es de esos libros que no tiene mucho artificio en su narrativa, pero que es tan contundente que constantemente hace que el lector se cuestione una y otra vez sobre su fe, sobre su concepto de Dios y llega directamente a lo más profundo de su ser.

viernes, 24 de abril de 2015

What if...?

Si salgo volando por la ventana,
extendiendo mis brazos
hacia el infinito
y enriquecer mi esencia
que guardo en la billetera
para no extraviarla
entre el polvo y las ratas...
Si aprovecho un suspiro
para atravesar el extenso espacio
que está entre mi latido y mis manos;
si ese suspiro
transmutara el aliento
por simple código morse
que mis ojos detectan...
Pero entonces siento el húmedo muro;
siento las cadenas tensarse
cuando mi corazón extiende sus brazos;
y neciamente pregunto:
"¿Y qué si..., y qué si...?"
Sólo entonces cierro los ojos
y la libertad fluye entre los colores;
corro a través de las notas
que se agolpan en mi cara.
I'm not here at all..., I'm beyond there!

miércoles, 15 de abril de 2015

Decir "amigo"

Decir "amigo" no es
un halago para que
me compres mercancía;
no es una cáscara
al viento abandonada.
No es, tampoco,
un halago baladí
al sol marchito.
SI te digo amigo,
es porque Dios nos separó
al nacer con guillotina;
porque en tu alma y la mía
están las marcas
de nuestra común identidad.
Si te digo amigo,
es porque mi alma
disfruta de los micróbicos detalles:
una partida de juego
apostando propiedades;
el superhéroe de la infancia
que se esconde tras las canas;
confidencias musitadas después
de un "no lo vuelvo a hacer";
un secreto compartido
entre versos borroneados;
o una tarde acuática
entre cuencos de té.
Amigo, que mis palabras
naveguen recuerdos arriba
y lleguen a tus ojos.
Que reverdezcan nuestras hojas
y, cuando me veas,
podamos obsequiarnos
un eterno abrazo
al compás de la luz.